André Chouraqui, o la traducción de la Biblia a la luz de la biografía
Francine Kaufmann, profesora de la Universidad Bar-Ilan, reconstruye el recorrido personal e intelectual que llevó a André Chouraqui a traducir los textos fundacionales de las tres grandes religiones monoteístas.
Los traductores no nacen: se hacen. Llegan a serlo por caminos extraños y tortuosos, en los que la historia personal y la gran historia se mezclan con las circunstancias y con un amor desmedido por las palabras, por el diálogo y por la comunicación entre las personas y entre los pueblos. Pero ¿qué extraña conjunción de circunstancias lleva a alguien a traducir los textos fundacionales de las tres grandes religiones monoteístas, a firmar la Biblia Chouraqui y una versión francesa contemporánea del Corán? Es posible intentar una explicación a posteriori, una vez realizada la mayor parte de la obra. Una extensa autobiografía, L’amour fort comme la mort (El amor fuerte como la muerte, Robert Laffont, 1990, 516 pp.), completa una primera mirada retrospectiva sobre una vida agitada, ofrecida en el prólogo a la reedición de su traducción de Los deberes de los corazones de Bahya ibn Paquda (Desclée de Brouwer, 1950a/1972). El escritor ya había publicado un primer balance de su recorrido en 1979, en Ce que je crois (Lo que yo creo, Grasset).
La biografía, por supuesto, no lo explica todo. Si lo explicara, muchas personas que viven entre varias culturas, lenguas y religiones y atraviesan las mismas convulsiones de la historia llegarían «necesariamente» a logros como los de André Chouraqui. Un enfoque biográfico no puede aportar «pruebas» científicas, pero sí puede revelar las grandes corrientes de una vida, sus rupturas y cambios de rumbo, y el telón de fondo sobre el que este hombre extraordinario tomó sus decisiones y realizó su obra. Uno de sus amigos lo llamaba «el hombre que atravesaba los muros entre las religiones».
Las traducciones de André Chouraqui solo pueden comprenderse y valorarse plenamente si se reconoce que era a la vez poeta y erudito, con la precisión de un jurista y la espiritualidad de un místico. Estudió en un seminario rabínico y se formó en lingüística. Fue historiador, un hombre de acción que trabajaba sobre el terreno, un viajero incansable al servicio del diálogo interreligioso y un embajador oficioso de la cultura judía y de su renacimiento en Israel. En medio de sus incesantes actividades, encuentros, conferencias y viajes, el escritor sintió siempre la necesidad de detenerse y retirarse, de afrontar la soledad de la página en blanco en la disciplina del retiro. Aquellos retiros fueron fecundos y permitieron que tomaran forma las sucesivas capas de su obra de traductor.
Los lugares que vieron nacer la Biblia Chouraqui importan tanto como la época agitada en que maduró. Estaban su infancia argelina, sus primeros viajes al Sáhara y su estancia en el oasis de Uargla en 1940. Estaba su retiro forzoso en las abruptas montañas, tierra de Resistencia, del Alto Loira y del Ardèche, bastión del protestantismo, donde tradujo a Bahya entre dos operaciones de la Resistencia, de 1942 a 1945. En 1954 se alojó en una celda de la ermita dominica de la Sainte-Baume, consagrada a María Magdalena y con vistas a Provenza, para trabajar en una de sus primeras traducciones bíblicas, los Salmos. Más tarde, en Israel, se retiró a la hospedería de la abadía cisterciense de Latrún para preparar la edición de L’Univers biblique (El universo bíblico).
Sobre todo, después de instalarse en su casa de Abu Tor, en Jerusalén, en 1964, mantuvo una disciplinada rutina de escritura con tinta negra en su despacho. Su amplio ventanal se abría a un cielo inmenso y a una vista despejada de las murallas de la Ciudad Vieja. Jerusalén era a la vez mística y prosaica, una ciudad en el punto de encuentro entre Oriente y Occidente, la ciudad de las tres religiones monoteístas. Desde su escritorio el traductor veía los campanarios de las iglesias, los minaretes y la cúpula dorada de la «mezquita de Omar», que domina el Muro Occidental del Templo de Herodes.
Los años de formación
A. Una infancia multilingüe
Una temprana familiaridad con las tres grandes religiones del Libro y la tensión de una triple identidad, judía, argelina y francesa, alimentaron la vida y la obra de André Chouraqui. Nació el 11 de agosto de 1917, a tres kilómetros del Mediterráneo, en la pequeña ciudad del oeste argelino de Aïn-Témouchent, cerca de Orán. Desde la cuna absorbió los ritmos de las civilizaciones que lo rodeaban, cada una portadora de su cultura a través de su lengua: hebrea y judía, francesa y cristiana, árabe y musulmana. Contrariamente a lo que sugiero al comienzo de este artículo —«Los traductores no nacen: se hacen»—, André Chouraqui consideraba su vocación como algo con lo que había nacido:
«Se nace traductor como se nace poeta. Nunca decidí serlo. Lo era desde mi más tierna infancia, entre personas que me hablaban o me criaban en las cuatro o cinco lenguas que utilizaban. Así adquirió mi cerebro un “chip”, por usar el lenguaje de los informáticos, que me sirvió durante toda mi vida.» (L’amour fort comme la mort, p. 459)
Las condiciones lingüísticas de Aïn-Témouchent eran, en efecto, ideales para quien amara las lenguas. En la calle y con sus abuelos, André hablaba árabe. En la escuela y con sus padres, hermanos y hermanas, hablaba francés. Conversaba en español con Anita, la joven criada de la casa. En la sinagoga, el hebreo y el arameo predominaban en el culto y el estudio. Para muchas personas nacidas en un entorno multilingüe, el resultado suele ser desastroso: ninguna lengua es realmente su lengua materna, y el habla, y más aún la escritura, se convierte en una especie de pidgin o criollo, una mezcla inconsciente de palabras y giros tomados ora de una lengua, ora de otra. Para los dotados, o simplemente curiosos, el multilingüismo es una fuente de extraordinaria riqueza:
«Uno de mis pasatiempos favoritos era buscar correspondencias entre palabras de la misma familia en las lenguas que se hablaban a mi alrededor, el hebreo y el árabe, el francés y el español. […] Así empezó a acumularse en mi memoria, que era buena y ordenada, un tesoro de palabras…» (ibid., p. 454)
La herramienta, pues, estaba a mano y se fue afinando con el tiempo. Por sí sola no puede explicar la vocación, y menos aún el recorrido espiritual que dio origen a las traducciones de tres libros sagrados.
B. El descubrimiento de la Biblia
En el principio fue la Biblia hebrea y el sonido de sus palabras, oídas en la sinagoga y en el Talmud Torá desde los tres años y repetidas de memoria antes de comprender su sentido. Pero la competencia con la cultura francesa laica que se impartía en el liceo era desigual. El bar mitzvá de André Chouraqui, celebrado en la gran sinagoga de Aïn-Témouchent en el verano de 1929, marcó su último vínculo formal con la tradición judía. Siguió ayunando en Yom Kipur y absteniéndose de comer pan en Pésaj. En todo lo demás se convirtió en un colegial completamente francés. Conservó algunos lazos con Oriente a través de las clases de lengua y gramática árabes que ofrecía el liceo de Orán. Pero la literatura occidental se convirtió en su pasión, y durante las vacaciones de verano leía todo lo que caía en sus manos, novelistas y poetas, con especial predilección por los románticos. En cuanto a Dios, quedó relegado al baúl de los accesorios.
Su primer encuentro adulto con la Biblia de sus antepasados llegó por un camino indirecto, y cristiano. En el verano de 1934, entre las dos partes del bachillerato, André Chouraqui viajó a la Francia metropolitana para operarse del tobillo, una intervención que alivió en parte la discapacidad causada por un ataque de poliomielitis a los siete años. La clínica que lo acogió, en Courbevoie, estaba dirigida por una obra benéfica protestante. Dos jóvenes enfermeras, que pensaban servir a Dios en misiones en África u Oceanía, le dieron a conocer la Biblia en la traducción protestante de Louis Segond. Lo implicaron en largas conversaciones, y más tarde en una correspondencia, sobre Dios y las realidades espirituales.
En noviembre de 1935 comenzó sus estudios en la Facultad de Derecho de la calle Soufflot, en París. Al mismo tiempo, el futuro traductor de los Evangelios retomó el diálogo con la mayor de las dos enfermeras, Yvonne, sobrina de un pastor protestante de las Cevenas. Durante casi tres años ella le habló de su fe y le abrió las profundidades de la vida espiritual, con la esperanza de convertirlo al protestantismo. Mientras tanto, André se acostumbró a acompañar a uno de sus profesores de Derecho a la misa del domingo para escuchar al organista de Notre-Dame. Después del concierto, a menudo se quedaba a rezar en el silencio de la nave. Su ateísmo se tambaleó profundamente al descubrir una civilización que, en el mejor de los casos, solo conocía por los libros:
«Las catedrales, las iglesias, la música sacra, el arte cristiano, los conventos y monasterios […] ¡Qué choque para el pequeño bárbaro que yo era, recién salido de mis desiertos coloniales!» (p. 126)
El encuentro con el pastor Louis Dallière en julio de 1936 marcó un giro. Por primera vez un cristiano, en lugar de intentar convertirlo, le habló de la vocación mesiánica del pueblo de Israel y condenó en términos categóricos tanto el antisemitismo cristiano como la propaganda nazi que desde 1933 convertía a los judíos en parias. Reorientado hacia sus raíces, definitivamente convencido tras una «iluminación» en los Altos Alpes en febrero de 1937 de que «Dios existe», y consciente de lo lejos que estaba del original hebreo la Biblia que leía y meditaba en francés, André decidió estudiar su herencia.
«Yo era judío y no sabía claramente lo que eso podía significar. Que Hitler quisiera perseguirme, e incluso matarme por esa razón, era un hecho evidente que yo no podía cambiar. Lo que sí podía hacer, al menos, era averiguar por qué ocurría aquello que amenazaba mi propia existencia.» (p. 157)
En París, André Zaoui, antiguo compañero del liceo de Orán, lo puso en contacto con el Seminario Rabínico de Francia y le dio sus primeras clases de hebreo. André Chouraqui nunca pensó en ser rabino, pero desde entonces cursó en paralelo estudios jurídicos y judaicos, primero en París y después en la clandestinidad. Entre 1937 y 1939 obtuvo la licenciatura en Derecho y después un diploma de estudios superiores. Continuó estudiando hebreo, la Biblia hebrea y sus comentarios con Georges Vajda, y Talmud y arameo con Abraham Back, en el Seminario Rabínico, la Sorbona y la Escuela de Altos Estudios.
«Mis estudios jurídicos habían sido inestimables para inculcarme la devoción por la claridad en la expresión de las ideas. Las lenguas semíticas que me enseñaron mis maestros en la Sorbona, en la École pratique des hautes études y, más aún, en el Seminario Rabínico de Francia abrieron mi mente a las culturas de Oriente.» (L’amour fort comme la mort, p. 454)
C. Los años de guerra
El joven estudiante norteafricano pasaba todos los veranos en Argelia y volvía a Francia cada otoño, incluso después del estallido de la guerra. Siguió al Seminario Rabínico cuando se trasladó primero a Vichy y después a Clermont-Ferrand. El redescubrimiento de Oriente, tanto por la experiencia como por los libros, favoreció su «retorno al judaísmo». Su judaísmo estaba más cerca del de los antiguos hebreos y de los místicos medievales que de la tradición talmúdica, una forma de vida religiosa en la que la observancia ritual quedaba reducida al mínimo. Su retorno no rompió sus lazos con las otras civilizaciones monoteístas. Su amor por dos jóvenes católicas, primero Magdeleine, a quien conoció a principios de 1938, y después su prima Colette, que Magdeleine le presentó a finales de 1939, lo adentró aún más en el exigente mundo espiritual de la fe, la doctrina y el dogma cristianos.
A principios de 1940 pasó varios meses en el Sáhara, en el oasis de Uargla, donde su hermano Charles hacía el servicio militar. Aceptó enseñar francés al cadí, el juez musulmán, a cambio de lecciones de Corán y de árabe. Esas lecciones le servirían cinco años más tarde, cuando obtuvo en la facultad de Argel un diploma superior de derecho musulmán y costumbres locales. En otro oasis, Gardaya, vio convivir, pese a las tensiones, a jariyíes, una secta musulmana, a los Padres Blancos y a una comunidad judía de tres mil personas. La comunidad judía le dio una idea de lo que pudo ser la vida cotidiana de los judíos del Oriente bíblico en tiempos de la Mishná.
Volvió a Francia en mayo de 1940 y un mes después tuvo que huir de París, llevando a Colette en su bicicleta. Vivió el bombardeo alemán de Orleans y regresó a Argelia, donde se inscribió en el Colegio de Abogados de Orán e inició sus prácticas con un decano. En diciembre se casó con Colette, que entretanto se había convertido al judaísmo. Tras la legislación antijudía y la derogación del decreto Crémieux, y antes de que Vichy promulgara el 20 de octubre de 1941 el «Estatuto de los judíos», que los excluía de la mayoría de las profesiones, André tomó la iniciativa y dimitió en junio de 1941. Sus padres quedaron arruinados.
En esa época, con la ayuda del rabino Isaac Rouche, adjunto del gran rabino de Orán David Askenazi, padre de Léon, conocido como Manitou, André emprendió la traducción de Los deberes de los corazones. El tratado fue escrito en árabe por Bahya ibn Paquda, uno de los mayores pensadores judíos de la España del siglo XI. La obra abunda en versículos bíblicos y supuso para Chouraqui su primer encuentro con las dificultades de la traducción bíblica. Pronunció su primera conferencia pública, «¿Cómo hay que leer la Biblia?», ante un pequeño grupo de intelectuales judíos de Orán a quienes las leyes de Vichy habían dejado sin trabajo. Tenía veinticuatro años. Las preguntas centrales y la mayoría de los temas de sus futuras traducciones bíblicas ya estaban presentes en germen en aquella conferencia.
El 20 de junio de 1942 una nueva ley discriminatoria golpeó a los judíos de Francia. En julio llegaron la redada y la deportación de judíos y alsacianos de la Universidad de Estrasburgo, replegada en Clermont-Ferrand, y el 8 de julio los judíos fueron expulsados de la ciudad. El Seminario Rabínico fue desmantelado y sus filas diezmadas. André y Colette se refugiaron en Chaumargeais, a cuatro kilómetros de Le Chambon-sur-Lignon. Allí entró en contacto con las redes de la Resistencia que empezaban a formarse y se convirtió en el representante de la OSE, la organización de rescate de niños judíos, en el Alto Loira y el Ardèche. Durante más de dos años recorrió los pueblos escondiendo niños y consiguiendo papeles falsos para refugiados amenazados de deportación. Fue testigo de cómo pastores protestantes y pueblos enteros ponían en práctica la solidaridad en una época en que se perseguía a los judíos por toda Francia.
Sus protectores de Le Chambon encontraron un puesto de profesor y un alojamiento acogedor para su maestro Georges Vajda, que se instaló a pocos kilómetros de los Chouraqui. Cada día los dos hombres dedicaban varias horas a su pasión común, la Biblia y Bahya ibn Paquda. Vajda, uno de los más destacados medievalistas de su tiempo y eminente especialista en hebreo y árabe, preparaba un libro sobre el teólogo judío medieval que celebró el amor de Dios. Aparecería en 1956. Chouraqui terminó la traducción iniciada en Orán. Los deberes de los corazones de Bahya se publicó en 1950 con prólogo de Vajda.
«Emprendí la traducción de Los deberes de los corazones porque en aquel tiempo, en nuestros escondites de la Resistencia, no me era posible ningún otro trabajo intelectual. El libro contiene muchos pasajes de la Biblia. Para mi propio uso tuve, pues, que formular los problemas que plantea la traducción de los textos bíblicos e idear un método para resolverlos. Sin saberlo, había emprendido el camino que me llevaría a traducir la Biblia, el Nuevo Testamento y el Corán. Toda mi vida apenas bastó para esa obra.» (L’amour fort comme la mort, p. 459)
Después de Bahya ibn Paquda tradujo y anotó el poema místico La corona real de Salomón ibn Gabirol (Revue Thomiste, 1952, reeditado por Fata Morgana en 1996). Tradujo luego dos textos bíblicos que habían dejado una huella especialmente profunda en la historia literaria y en la vida espiritual: el Cantar de los Cantares (1951) y los Salmos (1955). Estas traducciones conquistaron de inmediato al público. Eran claras y estaban escritas en un francés flexible y literario. En esta etapa aún no buscaba trastocar las convenciones de la traducción tradicional.
Estos años de formación, marcados por la guerra, permiten seguir la evolución intelectual y la búsqueda espiritual de un hombre que unía el rigor y la disciplina cartesiana del universitario y jurista francés, doctor de Estado por la Facultad de Derecho de París, con el vuelo de la poesía y la exigencia de los verdaderos místicos. Su primer libro de poemas, Cantique pour Nathanaël (Cántico para Natanael), publicado en 1957, prefigura, tras la masacre de la Shoá, el ascenso del individuo desde las tinieblas y el abismo hacia la luz. Prefigura también la reconciliación de los seres humanos entre sí, «que solo puede llegar a través de la reconciliación de la humanidad con el Ser del ser». Su lirismo sigue el itinerario personal de Natanael, es decir, de André-Natân Chouraqui.
Desconfiado de las ideologías y reacio al sectarismo, se abrió a tradiciones espirituales de todo tipo, sin renegar nunca de ninguna parte de su identidad judía. No sorprende que más tarde fuera uno de los primeros defensores de la amistad judeocristiana y del diálogo israelo-árabe, además de abrirse a las religiones de Asia y África. Descubrimos, sobre todo, a un hombre para quien la Biblia es un libro vivo, un libro que habla al presente y a todos los seres humanos. Es también un libro cuyos secretos Chouraqui se esfuerza por desvelar dotándose de las herramientas necesarias: la lingüística, la exégesis y la historia de las religiones. Su enfoque une el amor con la crítica científica.
D. En el camino de Jerusalén
En noviembre de 1947, René Cassin, a quien Chouraqui había conocido después de la guerra, lo nombró secretario general adjunto de la Alliance Israélite Universelle (AIU), cargo que ocupó hasta 1952. Cuando André, que no se sentía hecho para las tareas administrativas, quiso dimitir, Cassin creó para él un puesto de delegado permanente de la Alliance. Le dejaba libre para dedicar seis meses al año a su obra erudita y literaria, dondequiera que eligiera vivir.
Entre 1950 y 1957 la AIU envió a André Chouraqui a Israel en numerosas ocasiones para sentar las bases de una red de escuelas y de comités de apoyo. Su primer encuentro con Jerusalén, en agosto de 1950, lo deslumbró. Poco a poco maduró el deseo de establecerse en Israel. Tomó la decisión en 1956 y la llevó a cabo en 1958. Sus funciones de representante permanente de la Alliance podían ejercerse perfectamente desde la capital del Estado judío al que había dedicado su tesis doctoral en 1948.
Y estaba Annette Lévy, una joven judía de origen alsaciano a quien había conocido en París unos años antes y que soñaba con vivir en Israel. Pasaron juntos el verano de 1957 en un kibutz de Galilea. En 1958 fueron a Jerusalén para casarse. Tras pasar varios meses aprendiendo a hablar hebreo moderno en el Ulpán Akiva, cerca de Netanya, hicieron de Jerusalén su hogar definitivo. El traductor bíblico hablaba con dificultad, bastante entorpecido por su conocimiento libresco del hebreo de los profetas. En 1961 adquirió la ciudadanía israelí sin perder la francesa. En Jerusalén la pareja acabó comprando un terreno en la calle Ein Rogel, bajo el barrio de Abu Tor y frente a la frontera jordana. En 1964 se instalaron en la casa que habían construido allí, en la que todavía vivían cuando se escribió este texto. Sus cinco hijos, nacidos entre 1959 y 1968, contribuyeron a arraigarlos firmemente como israelíes.
Traducir la Biblia
Fue en Israel donde la Biblia, su lengua y sus paisajes dejaron de ser cosas conocidas por los libros y se convirtieron en una realidad viva y tangible:
«Mi lectura de la Biblia se renovó. Comprendía mejor textos que había traducido y conocía de memoria, como si un velo opaco se hubiera caído de mis ojos. Mis ojos enfocaban mejor. Mi mirada se volvió más aguda, mi lectura más clara.» (L’amour fort comme la mort, p. 460)
Cuando Jacques Deschanel le pidió en 1972 que tradujera la Biblia para Desclée de Brouwer, dijo que sí. Veintiún años antes había rechazado una propuesta similar de Jacques Madaule:
«Me sentí capaz de aceptar. Me di cuenta de que todo, desde mi adolescencia o incluso mi infancia, me había preparado, consciente o inconscientemente, para esta obra. El fruto que llevaba en mí había madurado. Era hora de recogerlo.» (p. 460)
«Así pues, me había preparado para esta obra toda mi vida, y estaba lista para nacer. Solo me quedaba ponerme a trabajar y traerla al mundo.» (p. 461)
En veintiocho meses, del 10 de abril de 1972 al 14 de agosto de 1974, André Chouraqui escribió a mano, con tinta negra, el primer borrador de su primera traducción completa de las tres partes de la Biblia hebrea —el Pentateuco, los Profetas y los Escritos— y de los cuatro Evangelios, que llamó Les Quatre Annonces (Los cuatro anuncios). Trabajando solo, en poco más de dos años, tradujo textos que habían madurado en Oriente durante más de un milenio y habían moldeado la conciencia judeocristiana de Occidente. Hizo aflorar su unidad profunda, en particular traduciendo de manera coherente su vocabulario semítico común.
«Traducir la Biblia hebrea no fue, como he dicho, una decisión deliberada por mi parte. La empresa se me había impuesto y, llegado el momento, mi traducción brotó de mi pluma durante los veintiocho meses en que escribí el primer borrador, como en un estado de éxtasis.» (p. 463)
Una vez mecanografiados, en una época anterior a los ordenadores personales, los manuscritos se enviaban a especialistas que los revisaban, añadían notas y formulaban críticas. Chouraqui volvía a trabajar el texto, lo corregía, lo enviaba a otros especialistas e introducía nuevos cambios. La primera versión de su Biblia hebrea y de su Nuevo Testamento apareció en veintiséis volúmenes entre 1974 y 1977. El texto se publicó solo, sin comentario. Su división en volúmenes, capítulos y versículos seguía el uso masorético, y los títulos recuperaban los de la tradición hebrea: un volumen para el Génesis, llamado ahora Entête (En cabeza, Beréshit), otro para el Éxodo, Les Noms (Los nombres, Shemot), y así sucesivamente.
Al mismo tiempo publicó Vie quotidienne des hommes de la Bible (La vida cotidiana de los hombres de la Biblia, 1978), que reelaboraba y ampliaba su libro de 1971 La vie quotidienne des Hébreux au temps de la Bible (La vida cotidiana de los hebreos en tiempos de la Biblia). Véase también Moïse (Moisés, Éditions du Rocher, 1995), que obtuvo el Premio del Mediterráneo. Expuso su credo en Ce que je crois (Lo que yo creo, 1979), publicado en la colección homónima de Grasset, donde resume cuatro etapas esenciales en la maduración de su gran obra:
«La pasión por traducir se apoderó de mí de niño en nuestra sinagoga de Aïn-Témouchent, donde intentaba captar el sentido de la Biblia hebrea y de nuestras oraciones siguiéndolas en ediciones bilingües. De adolescente, traducir significaba llegar al corazón de la herencia ancestral que mis padres intentaban transmitirme. Llegó luego el tiempo en que comparaba lo que yo entendía del texto con lo que decían las traducciones. Para mí mismo restituía el sentido de las palabras y las armonías de los ritmos tal como resonaban en mi cabeza, la cabeza de un hebreo profundamente formado por la cultura francesa. Así nacieron mis traducciones de Los deberes de los corazones de Bahya, del Cantar de los Cantares y de los Salmos. Mi vocación de traductor probablemente se habría detenido ahí si no hubiera venido a establecerme en Jerusalén. Mi proyecto de traducir la Biblia podía ahora hacerse realidad. Tenía tierra bajo los pies, la tierra de los profetas y de los apóstoles, y podía entrar en diálogo con la Biblia en la lengua en que fue escrita.» (Ce que je crois, pp. 248–249)
La vocación de André Chouraqui fue, pues, el resultado de una lenta evolución, una gestación de cuarenta años que llegó a término tras una «revolución» en su propio ser. El acto de traducir asumió distintas funciones a medida que avanzaba su búsqueda. Era una búsqueda espiritual, pero también la búsqueda de identidad de un «colonizado» sin lugar propio, cuyas raíces se hundían a la vez en tres continentes, África, Europa y Asia, ninguno de los cuales era verdaderamente su patria:
«La incomodidad de pertenecer a tres mundos tan distintos como la Argelia musulmana, la Francia cristiana e Israel agudizó mi necesidad de buscar mi identidad y, más allá de mí mismo, la identidad del ser humano entero, el ser humano desnudo, y el Ser que fundamenta la existencia humana.» (L’amour fort comme la mort, p. 456)
El encuentro entre una herramienta, el multilingüismo, y una búsqueda espiritual de identidad nacida de las circunstancias y de la historia llevó a André Chouraqui a leer y releer los textos fundacionales de las tres grandes religiones. Nunca dejó de dialogar con esas fes, y su creciente familiaridad con ellas culminó finalmente en una traducción que coronó su obra. La propia traducción fue retomada una y otra vez, para seguir el curso sinuoso de la vida y del pensamiento, que nunca dejan de sorprendernos y desconcertarnos…
Pero esa es otra historia.
Traducciones realizadas con ayuda de inteligencia artificial y revisadas para comprobar su exactitud.

El Medio Siclo figura en la portada de la Biblia Chouraqui